29 septiembre 2016
"Por favor, no se olviden de ellos"
De Monica Costa Riba, 28 septiembre 2016, 14:36 UTC

Este mismo mes publiqué un artículo sobre Alan Mohammad, de 30 años, y Gyan, su hermana de 28, que padecen distrofia muscular y huyeron de su hogar en Siria en sillas de ruedas cuando los combatientes del grupo armado autodenominado Estado Islámico se acercaban.

Su arduo viaje en busca de seguridad los ha llevado a cruzar junto con su familia cuatro fronteras. Les dispararon en tres ocasiones cuando intentaban entrar en Turquía y los amarraron a los costados de un caballo para cruzar la frontera montañosa entre Irak y Turquía.

Pagaron a contrabandistas de personas para que los transportaran en un viaje aterrador hasta la isla griega de Quíos en una embarcación inflable atestada. Esta semana, después de estar varados en Grecia desde marzo, han recibido por fin buenas noticias. No sólo pudieron presentar finalmente su petición como solicitantes de asilo, sino que además el Alto Comisionado de la ONU para los refugiados los trasladó a un hotel.

Conocí a Alan, Gyan y su familia en el mes de julio en el campo de refugiados de Ritsona, a unos 60 kilómetros al norte de Atenas, y allí me hablaron de su viaje.

"Para la gente ‘normal’ ya es muy difícil. Pero, para las personas con discapacidad, es un milagro porque todas las fronteras entre los dos países [Irak y Turquía] son montañas", dijo Alan. "El viaje en barco [a Grecia] fue aterrador. Estuvimos en el agua unas cuatro horas. Cada vez que miraba a mi alrededor veía niños y bebés llorando."

Llegaron a la isla griega de Quíos el 12 de marzo, sólo unos días después de que la ruta de los Balcanes hacia Alemania y el norte de Europa se cerrara para las personas refugiadas y solicitantes de asilo y antes de que entrara en vigor el acuerdo sobre migración entre la UE y Turquía. Cualquier esperanza de que se les permitiera reunirse con su padre en Alemania se frustró. En cambio, hicieron subir a la familia a un transbordador que los llevó hasta el territorio continental de Grecia y desde allí los trasladaron en autobús al campo de refugiados de Ritsona, un campo abierto aislado, enclavado en una base militar abandonada situada en medio de un bosque. Han estado varados allí en condiciones de extrema dureza desde entonces.

Alan y Gyan son sólo dos de unos 700 solicitantes de asilo y refugiados varados en Ritsona y de los más de 60.000 atrapados actualmente en Grecia. Sus relatos de huidas peligrosas y sus terribles condiciones de vida actuales en medio de la incertidumbre acerca de su futuro ponen de relieve las deficiencias en la actuación de los países europeos.

Hace un año, los líderes de la Unión Europea acordaron un programa de reubicación de emergencia para compartir la responsabilidad hacia las personas solicitantes de asilo. Se comprometieron a reubicar a 66.400 solicitantes de asilo desde Grecia en el plazo de dos años. Pero, cuando ha transcurrido un año, sólo unas 4.000 personas se han trasladado realmente a otros países europeos: un exiguo 6 por ciento del compromiso total.

Muchas de las personas varadas en Grecia esperan poder recurrir a las normas sobre reagrupación familiar para ser reubicadas con familiares cercanos en Europa, o a opciones de visados que les concedan una base jurídica para seguir moviéndose dentro de Europa. Pero los Estados europeos mantienen una actitud dilatoria o se resisten activamente a los intentos de aplicar sin dilación las medidas.

La consecuencia directa de la inacción de Europa ha sido un sufrimiento inmenso y evitable.

Más de 47.000 personas refugiadas y solicitantes de asilo, entre las que hay niños y niñas de corta edad, ancianos y ancianas, personas con problemas graves de salud o discapacidad y mujeres embarazadas, están atrapadas en territorio continental de Grecia. A muchas de estas personas no se les prestan los servicios especializados que necesitan, lo que aumenta sus riesgos.

La mayoría proceden de países desgarrados por la guerra y han puesto en peligro su vida en el mar para llegar a Europa. Ahora viven en condiciones atroces, en campamentos de tiendas de campaña o en antiguos almacenes, durmiendo en el suelo durante meses seguidos. El día a día de muchas de ellas está marcado por una constante inseguridad, incluso para conseguir suficiente comida.

Otras 13.100 personas llegaron a las islas griegas del Egeo tras la aplicación en marzo de 2016 del acuerdo migratorio entre la Unión Europea y Turquía. Están atrapadas en campos superpoblados y viven en condiciones espantosas mientras esperan las decisiones sobre sus solicitudes de asilo.

El lunes, después de casi siete meses en Grecia, Alan, Gyan y su familia tuvieron su primera cita para presentar su solicitud de asilo y poner en marcha el proceso para reunirse con su padre y su hermana en Alemania. Después de esta reunión los han trasladado de Ritsona a un nuevo alojamiento con la ayuda del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados. "Me siento muy feliz. Me siento muy feliz por que mi hermano y yo, mis hermanas y mi madre estemos ahora en un lugar limpio y cálido. Tengo la sensación de haber vuelto a una vida normal", me dijo Alan cuando hablamos ayer. "Vivir en una tienda no es vida."

Pero aunque Alan se sentía feliz por su familia, su pensamiento estaba con quienes permanecen en Ritsona. "Me siento muy triste por todos mis amigos y por todas las personas refugiadas que he dejado. Allí hay niños y niñas y bebés que están en una situación muy mala. [...] Por favor, no se olviden de ellos."

Alan sigue adoptando una actitud positiva y filosófica sobre su difícil situación "Ahora estamos en otra etapa de nuestro viaje. No sabemos cuánto tiempo estaremos aquí pero espero que pronto podamos ir a Alemania para estar con mi padre y mi hermana."