12 agosto 2014
La única lucha que se pierde es la que se abandona
Por Javier Zúñiga Mejía Borja, Asesor Especial de Amnistía Internacional.

Parece que a veces lo imposible sólo toma un poco más de tiempo, y convicción.

Y en la Argentina hace una semana lo que parecía imposible tuvo nombre propio cuando Guido Montoya Carlotto (o Ignacio Hurbán como vivió durante más de tres décadas) fue reunificado, tras 36 años de búsqueda, con su abuela materna Estela Barnes de Carlotto.

"Se cumplió lo que decíamos las Abuelas, él me buscó", dijo ella cuando se conoció la noticia.

Guido finalmente logró establecer que hace 36 años nació del vientre de Laura Carlotto, cuando la joven estudiante estaba detenida ilegalmente en un centro clandestino dirigido por la brutal dictadura militar Argentina que gobernó el país entre 1976 y 1983. Su padre, Oscar Montoya, también fue asesinado durante esos oscuros años.

Recuerdo que cuando comencé a trabajar como investigador de Amnistía Internacional sobre América Latina, en Octubre de 1977, las noticias que llegaban a cuentagotas del país eran escalofriantes.

Secuestros masivos, centros clandestinos de detención, torturas generalizadas. Cientos de personas que, simplemente, desaparecían sin rastro.

Y luego, una noticia aún más aterradora: muchas de las mujeres que habían sido secuestradas estaban embarazadas y se sospechaba que esos bebés habían sido dados en adopción ilegalmente, anotados como hijos de otros. En algunos casos, los niños habían sido secuestrados con sus padres.

Nunca voy a olvidar cuando escribimos el informe sobre Laura. Los datos eran escuetos pero suficientes para confirmar que había mucho por hacer. Sabíamos que la joven había sido secuestrada en 1977 y que estaba embarazada. Los cálculos indicaban que su bebé debería haber nacido en Junio de 1978, dos meses antes que el cuerpo de la joven estudiante fuera entregado sin vida a su madre, con la cara desfigurada e impactos de balas en el vientre, con el obvio intento de borrar pruebas de que había dado a luz.

En su momento, las autoridades de facto dijeron no saber nada sobre la desaparición de Laura ni que habría estado embarazada de un bebé a quien ya todos llamaban Guido.

Pero Estela había recibido información fiable que el bebé estaba vivo y que había sido robado de los brazos de su madre pocas horas después de nacer. Desde entonces, no descansó un día hasta encontrarlo.

A medida que pasaron los años, las Abuelas de Plaza de Mayo (como pasaron a llamarse las decenas de mujeres que desesperadamente buscaban a los hijos de sus hijos desaparecidos) golpearon hasta el cansancio puertas de juzgados, comisarías y cortes reclamando por el paradero de sus nietos.

Decenas de organizaciones locales de derechos humanos se unieron a la incansable lucha y desde cada rincón del planeta miembros de Amnistía Internacional también apelaron a quien estuviera dispuesto a escuchar, y a todos los demás.

Estábamos convencidos que Guido y cientos de otros bebés estaban vivos.

Recuerdo como si el tiempo no hubiera pasado cada una de las veces que hablamos con Estela. Su templanza y determinación por hacer justicia siempre me resultaron abrumadoras.

A pesar de las barreras, ataques y críticas. A pesar de la amenaza de la terrible desesperanza que las podría haber inundado una y mil veces, las Abuelas de Plaza de Mayo valientemente lideraron una lucha que ya ha dado 114 frutos en las historias de cada una de las personas que lograron recuperar su identidad.

Y lo hicieron manteniendo su honorable causa en la luz pública, buscando información hasta en los rincones más inesperados, apelando a la ciencia forense, enseñándonos que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

La desaparición de niños nacidos en cautiverio de madres desaparecidas representa un desafío colosal: Resolver una desaparición dentro de otra desaparición. La desaparición forzada es la pretensión de las autoridades de cometer el crimen perfecto. Negar una detención niega la mera existencia de la víctima, aun cuando la información sobre la suerte de las madres y de los hijos se encuentra oculta detrás de las puertas férreamente cerradas de los campos militares y los servicios de seguridad.

La cadena de complicidad en cada una de esas desapariciones y cobardes apropiaciones debe ser rota: desde los médicos y enfermeras que hicieron posibles esos partos hasta aquellos que falsificaron cientos de certificados de nacimiento, cada una de las personas que tuvieron un rol, aun mínimo, deben comparecer ante la justicia.

Escribo estas líneas cuando me dispongo a dejar Amnistía Internacional y regreso a aquellos años, cuando sólo la incansable energía de aquellas determinadas Abuelas nos mantenía a todos de pie. Y pienso que, definitivamente, la lucha no ha terminado y no terminará hasta que cada uno de los aproximadamente 400 bebés que todavía no hemos encontrado pueda finalmente recuperar su identidad.