27 marzo 2012
La pena de muerte, por Salil Shetty (Secretario General de Amnistía Internacional)
Por Salil Shetty, Secretario Ejecutivo, Amnistía Internacional

Debido a que trabajo para una organización cuya labor es defender la libertad y la justicia, así como exponer abusos e injusticias, con frecuencia estoy obligado a resaltar problemas en lugar de progreso.

Entonces, ya que Amnistía Internacional está publicando su informe anual de las condenas a muerte y ejecuciones a nivel mundial, comencemos con las buenas noticias: la pena de muerte está en retirada.
El año pasado, solo 20 de 198 países llevaron a cabo ejecuciones (una cifra que ha disminuido más de un tercio desde hace una década). En el 90% de los Estados Miembros de la ONU no hubo ejecución alguna, mientras que 140 países ahora han abolido la pena de muerte en la ley o en la práctica.

Estas cifras merecen que las consideremos por un momento. Cuando Amnistía Internacional inició su campaña global contra la pena de muerte hace 35 años (oponiéndose en todo caso, independiente del crimen, del criminal y del método de ejecución), los 16 países abolicionistas del mundo eran, entonces, la minoría. Hoy, los polos se han invertido y, en cambio, esos estados que se aferran a la pena capital son la excepción.



En 2011, las áreas sin ejecuciones abarcaron todo Europa y la ex Unión Soviética (con la excepción de Bielorrusia) y todo el continente americano, con la excepción de los Estados Unidos. La zona del Pacífico estuvo libre de penas de muerte, excepto por cinco nuevas condenas en Papúa Nueva Guinea.

Este cambio radical es testimonio de activistas por los derechos humanos con valentía para enfrentar la represión, de políticos y personas poderosas con valentía para enfrentarse a la corriente política o popular, y de abogados, periodistas y eruditos con valentía para exponer la verdad.

Ellos han demostrado que la pena de muerte no solo es una medida judicialmente incorrecta (viola el derecho a la vida), sino que, además, una vez examinado en detalle, la idea de imponer asesinatos como sanción del Estado se desmorona.

¿Disuade de crímenes violentos? No existe evidencia convincente de esto. Los países que han abolido la pena de muerte frecuentemente tienen tasas de homicidios más bajas que aquellos que la mantienen. El asesinato como sanción del Estado respalda el uso de fuerza y puede alimentar ciclos de violencia y venganza.

¿Qué ocurre con el apoyo popular a las ejecuciones? Ese apoyo suele tener un kilómetro de largo y un centímetro de profundidad. Cuando la discusión reflexiva reemplace las reacciones oportunas o deseos calculados por líderes y comentaristas de poner "mano dura" al crimen y una vez que se sugieran opciones alternativas, el apoyo público a las ejecuciones retrocederá.

¿Acaso las víctimas de crímenes no merecen justicia y un cierre? Sí, quienes han sufrido crímenes terribles merecen justicia, pero la justicia no puede originarse en venganza. El asesinato es incorrecto, ya sea perpetrado por una persona o por el Estado.

Algunos pueden encontrar un cierre, pero no lo es per se (algunas veces, víctimas de crímenes violentos se oponen a la ejecución de sus atacantes). En los Estados Unidos, el inmigrante bangladesí Rais Bhuiyan llevó a cabo, sin éxito, una campaña en busca de clemencia a favor de Mark Stroman, quien le había disparado durante una serie de crímenes violentos cometidos en reacción a los ataques del 11 de setiembre. Rais dijo: "Mi religión enseña que el perdón siempre es mejor que la venganza".

Y, por supuesto, no hay apelaciones desde la tumba. El estado de Illinois en los Estados Unidos abandonó la pena de muerte en 2011 tras varias condenas erróneas.

Por eso, no sorprende que algunas personas sostengan que la verdadera prueba de apoyo a la pena de muerte no es estar dispuesto a ejecutar a alguien, sino estar dispuesto a aceptar la posibilidad de matar a un inocente.

Otros justifican la pena capital por razones regionales, religiosas o culturales. Pero la mayoría, abolicionista, incluye estados de todas las grandes regiones, religiones y culturas del mundo.

Sin embargo, algunos estados persisten en la pena capital, y aquí debemos abordar las malas noticias. Un pequeño grupo de países aislados llevaron a cabo ejecuciones en una tasa alarmante el año pasado. Ya sea por decapitación, ahorcamiento, inyección letal o fusilamiento, por lo menos 676 personas fueron ejecutadas y por lo menos 18 750 personas permanecían bajo condena a muerte en todo el mundo al finalizar el año pasado.

Estas cifras excluyen las miles de ejecuciones que se cree que se llevaron a cabo en China, el mayor verdugo del mundo. Dejamos de publicar cifras que obteníamos de fuentes públicas de este país, debido a que es probable que éstas subestimen enormemente la cifra real. Hasta el momento, China no ha aceptado nuestro desafío de publicar las cifras reales, con el fin de confirmar sus afirmaciones de que ha habido una reducción significativa en el uso de la pena de muerte en el país durante los últimos cuatro años.

Nuestras cifras tampoco incluyen informes creíbles de un gran número de ejecuciones adicionales en Irán no reconocidas oficialmente. Éstas casi duplicarían la cuenta oficial de ese país.

Arabia Saudita, Irak y los Estados Unidos (el único país en América y del G8 de las economías líderes) se unieron a China e Irán en su disposición a ejecutar. Todos los años estos estados se encuentran constantemente entre los mayores verdugos junto a Corea del Norte, Somalia y Yemen.

Regionalmente, el Medio Oriente observó un fuerte incremento en las ejecuciones registradas, casi 50 por ciento más que en 2010. Irak, Irán, Arabia Saudita y Yemen representaron el 99 por ciento de estos casos.

También debemos señalar que en la mayoría de los países en los que tuvieron lugar las ejecuciones o condenas a muerte, éstas se dieron luego de procesos legales injustos. Y, en Bielorrusia, China, Irán, Irak, Corea del Norte y Arabia Saudita, las condenas a muerte a veces eran precedidas por "confesiones" obtenidas mediante coacción o, incluso, tortura. Como tantas otras veces a lo largo de la historia, la pena capital fue utilizada por estados represivos para eliminar a los problemáticos o a los no deseados.

Así que no podemos quedarnos con los brazos cruzados. Una sola ejecución ya es demasiado. Pero el año 2011 reforzó firmemente la tendencia hacia la abolición, y está claro que este castigo cruel e irrevocable, que nos hace víctimas a todos, se dirige inevitablemente a los libros de historia.