25 marzo 2015
La actuación de Egipto en la ONU no debe engañar al mundo
Si hay algo de lo que no se puede acusar a Egipto es de no saber hacer una gran representación.

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Nicholas Piachaud, investigador sobre Egipto en Amnistía Internacional

La última función tuvo lugar el viernes, cuando el país, ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra, se comprometió -las dos manos con los dedos cruzados a la espalda- a hacer reformas en el ámbito de los derechos humanos.

Con una habilidad consumada, los representantes de Egipto esquivaron el escrutinio internacional de la crisis de derechos humanos del país, cada vez más grave, y vendieron al mundo una imagen de prosperidad, crecimiento y estabilidad.

Mientras presenciaba la sesión, no se me iba de la cabeza un nombre: Shaimaa al-Sabbagh.

Shaimaa murió en las calles de El Cairo el 24 de enero de 2015.

Había participado en una marcha por el centro de El Cairo hasta la Plaza de Tahrir, junto con un grupito de pacíficos miembros del Partido de Alianza Popular Socialista.

Querían llevar flores en honor de los cientos de personas que habían muerto en las manifestaciones, pidiendo pan, libertad y justicia social.
Pero la marcha fue interrumpida por efectivos armados de las fuerzas de seguridad que bloqueaban la calle, y se detuvo a pocos metros del cordón policial.

Un testigo nos contó que hubo una breve discusión entre la cabecera de la marcha y el jefe de policía y que éste señaló con el dedo a los manifestantes.

Entonces, las fuerzas de seguridad dispararon a quemarropa.

No se puede situar exactamente en el tiempo el momento en que los disparos de las fuerzas de seguridad alcanzan a Shaimaa al-Sabbagh. Es preciso reconstruir la escena a partir del revoltijo de imágenes de vídeo borrosas, fotos y declaraciones de quienes estaban con ella.
Nicholas Piachaud, investigador sobre Egipto de Amnistía Internacional.

"Estaba tumbada en mi regazo, sangrando por la boca", nos contó una mujer que ayudó a trasladarla a toda prisa al hospital. "No se movía y no había en su rostro ninguna señal de vida."

Casi dos meses después, las autoridades egipcias siguen negando que esto haya sucedido.

Y, con el paso de las semanas, se ha puesto de manifiesto que miembros de la comunidad internacional que deberían estar preocupados, también prefieren hacer como si nunca hubiera ocurrido. El encubrimiento comenzó inmediatamente.

Mientras las imágenes de la muerte de Shaimaa al-Sabbagh corrían como la pólvora a través de Twitter y Facebook, el Ministerio del Interior de Egipto acusaba de su muerte a "infiltrados", exonerando a sus fuerzas de seguridad de toda responsabilidad sin realizar ninguna investigación, y negando que ese día hubieran empleado armas de fuego.

Mientras, las fuerzas de seguridad detenían a algunas de las personas que habían intentado salvar la vida de la agonizante Shaimaa al-Sabbagh, y la Fiscalía amenazaba a los testigos del homicidio con arrestarlos.

"Declaré lo que había visto: que la marcha era pacífica", nos dijo la destacada abogada de derechos humanos Azza Suleiman. "Después, el fiscal me dijo que estaba detenida".

La situación resulta familiar, ¿verdad?

En junio de 2009, un manifestante iraní grabó con un teléfono móvil la muerte de Neda Agha Soltan, de 27 años, durante una de las tumultuosas manifestaciones que se desataron después de las elecciones presidenciales en Irán.

Activistas que participaron en la manifestación, dijeron que un pistolero de una milicia respaldada por el Estado había disparado contra la joven.
Entonces, igual que ahora, las imágenes se difundieron por el mundo como un reguero de pólvora.

Las autoridades de Irán trataron de eludir su responsabilidad, culpando a los canales internacionales de noticias de "inventarse" la historia, acusando a la CIA de la muerte de la joven, incluso señalando como culpable al médico que había acudido raudo a socorrer a Neda.

La similitud entre las muertes de ambas mujeres, en sendas protestas separadas por seis años y cientos de kilómetros es sobrecogedora.
Lo que es diferente en el caso de Egipto es la ausencia de condena internacional.

Los Estados que se declararon indignados por la muerte de Neda Agha Soltan en Irán en 2009, se han mantenido misteriosamente mudos respecto a la muerte de Shaimaa al-Sabbagh en Egipto en 2015.

Nadie mencionó el nombre de Shaimaa al-Sabbagh en la magnífica conferencia sobre inversión celebrada en Sharm el-Sheikh del 13 al 15, donde las autoridades egipcias se sentaron con dignatarios, diplomáticos y líderes empresariales de todo el mundo.

Los gobiernos han presentado el debate del viernes pasado del examen periódico universal -mecanismo de la ONU por el cual todos los miembros del Consejo deben presentar informes cada cuatro años y medio- como muestra de que se toman muy en serio la situación de Egipto.

Pero la verdad es que saben que, después de este mes de marzo, Egipto se desmarcará completamente de la agenda del Consejo. Y el propio Egipto sabe que no volverá a someterse al escrutinio de su historial de derechos humanos hasta su próximo examen periódico universal, en 2019.
Las autoridades nos han dicho que otras crisis han derrotado a Egipto.

Pero es una excusa muy mala.

La verdad es que resulta mucho más fácil mantenerse en buenas relaciones con Egipto que enfrentarse a él. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Egipto es bien conocido por vituperar públicamente a todo aquel que se atreve a contrariarlo. Y nadie quiere que lo vapuleen en el patio.
Nicholas Piachaud, investigador sobre Egipto de Amnistía Internacional.

Tras las críticas que despertó a nivel nacional -incluidos los medios de comunicación del país- el homicidio de Shaimaa Al Sabbagh, la Fiscalía ordenó la detención del agente de seguridad que le disparó.

Sin embargo, no ha sido hasta este mes cuando la fiscalía ha enviado a juicio al agente, acusándolo de "golpear hasta matar" a la joven, un cargo que conlleva una pena menor que el de "homicidio" o "asesinato". Y que además, niega pruebas irrefutables, como el informe forense, en el que se afirma claramente que Shaimaa Al Sabbagh murió como consecuencia de un "disparo directo en la espalda".

Esa misma semana, los tribunales egipcios absolvieron al ministro del Interior del ex presidente Hosni Mubarak de los cargos de corrupción que se le imputaban, dejando vía libre para su puesta en libertad (ya había sido absuelto anteriormente de la muerte de manifestantes durante el levantamiento de enero de 2011).

El precio lo pagan los ciudadanos y ciudadanas egipcios de a pie. Hoy, los manifestantes pacíficos de Egipto tienen una pistola apuntándoles.
La imagen de sus muertes volverá una y otra vez a perseguir a los Estados que repiten como papagayos que no puede haber desarrollo sin paz y seguridad, ni paz y seguridad sin desarrollo, y que no puede haber ni paz, ni seguridad ni desarrollo sin respeto de los derechos humanos, mientras tratan de creerse el futuro de Egipto, el "plan de estabilidad, inversión y crecimiento" de las autoridades.

El hecho es que no puede haber estabilidad sin derechos humanos. Ya es hora de que los Estados que afirman que los derechos humanos les preocupan se unan para hablar de forma clara e inequívoca sobre la crisis de derechos en Egipto, cada vez más grave.