01 septiembre 2015
Escalofriante recordatorio para personas refugiadas atrapadas en la frontera macedonia

A mi llegada al pueblo de Idomeni, próximo a la frontera griega con la ex República Yugoslava de Macedonia (Macedonia), el panorama era impactante.


Unas 4.000 personas refugiadas, muchas de ellas procedentes de Siria, entre las que había muchas familias con hijos, se hallaban atrapadas después de que el gobierno de Macedonia declarara "región en crisis" la frontera meridional situada a las afueras de la localidad de Gevgelija, cerrara el paso fronterizo y llevara allí refuerzos militares. Todas ellas estaban intentando atravesar Macedonia para dirigirse hacia países del norte de Europa.




[caption id="attachment_9775" align="aligncenter" width="557"]Refugees and migrants cross the border from Greece into Macedonia, near the village of Idomeni, Greece, 24 August 2015. Refugees and migrants cross the border from Greece into Macedonia, near the village of Idomeni, Greece, 24 August 2015.[/caption]

No tenía parangón con nada de lo que había visto en otras ocasiones. A un kilómetro de la frontera, la minúscula estación de tren de Idomeni estaba atestada de refugiados que ya llevaban varios días durmiendo allí. Muchos otros dormían a la intemperie en la zona circundante, expuestos al calor y la lluvia. Familias con hijos e hijas de tan solo unos pocos meses se hacinaban en pequeñas tiendas que salpicaban el paisaje cubierto de lodo. Empapadas y exhaustas, querían saber si la policía les dejaría cruzar la frontera ese día.


En mi camino a lo largo de las vías de tren desde la estación de Idomeni hacia Macedonia, la frontera se perfilaba de manera inconfundible. En el lado griego, multitud de personas refugiadas, entre ellas muchos niños y niñas, esperaban tras una línea de alambre de púas levantada a toda prisa. En el lado macedonio había grupos de miembros de la policía antiterrorista con blindaje corporal y vehículos militares y antidisturbios de refuerzo.


Cerca de la alambrada de púas conocí a Zaha*, de Damasco, Siria, que tiene unos 30 años y ha huido con sus cuatro hijos y otros familiares. Zaha miraba absorta hacia la frontera, sentada delante de una tienda muy pequeña que se hundía en el lodo. Me contó que ella y su familia habían cruzado a Grecia a través de Turquía y habían sido rescatados por la guardia costera griega tras hundirse su barco en el mar Egeo. Al no poder cruzar la frontera a Macedonia, ya llevaban cuatro días atrapados en la miseria en Idomeni.


Cuando Zaha me presentaba a sus hijos y a una mujer mayor de su familia que estaba detrás de ella, sonaron explosiones a lo largo de la frontera. Zaha extendió los brazos y abrazó con firmeza a su hijo pequeño.


"Esto me recuerda a Siria. Asusta a los niños; jamás esperé encontrarme con esto en Europa. Nunca; jamás", dijo. Daba un brinco con cada nueva explosión; explosiones de granadas paralizantes disparadas por la policía macedonia para hacer retroceder a los refugiados que se hallaban en la frontera. Conté más de una docena a lo largo del día.


Continuó: "Antes de la guerra, Siria era un paraíso para vivir [ …]. Si no fuera por la guerra no habríamos recorrido todo este camino para llegar hasta aquí [ …]. Allí, tratábamos de tirar adelante con nuestras vidas, hasta que ambas partes empezaron a llevarse a nuestros hijos como combatientes y las bombas empezaron a caer sobre nosotros".


La anciana que estaba detrás de ella me mostró las heridas en los pies que el viaje desde Siria hasta Idomeni le había provocado.


"Con la guerra lo perdimos todo: nuestras casas, nuestros hijos... todos se han ido. Lo único que nos queda son ellos", me dijo, señalando a Zaha y los niños.


A escasos metros, otra familia de refugiados sirios -dos muchachos jóvenes, su padre y su madre, embarazada de siete meses y visiblemente exhausta- se apresuraba hacia la frontera. La mujer ya había estado hospitalizada durante varios días en la isla griega de Lesbos y ahora estaba intentando alcanzar Macedonia para continuar.


Me contaron que hacía ya casi dos años que habían huido de Damasco.


"Perdí a uno de mis padres en la guerra, y cuando llegó la hambruna tuvimos que huir", me dijo la mujer.


"Esperamos que nuestros hijos puedan vivir en paz e ir a la escuela", afirmó el padre, que había trabajado como decorador de edificios en Damasco. "Tenemos familia en Alemania y queremos ir allí."


Continuaron a toda prisa hacia la frontera, con la esperanza de poder atravesar las barricadas.


Unos minutos después, mientras caminaba de regreso hacia la estación de tren, escuché los estruendos de nuevas granadas paralizantes. Me quedé paralizado y pensé de inmediato en la mujer en avanzado estado de gestación que se dirigía hacia el lugar de la explosión. Imposible entender por qué alguien podría querer tirar una granada paralizante contra personas como ella y su familia.


Los activistas ya habían alertado de que las terribles condiciones en torno al paso fronterizo próximo a Idomeni provocarían una crisis a gran escala, pero sus advertencias cayeron en saco roto. Amnistía Internacional ya documentó hace meses que las personas refugiadas y migrantes estaban siendo sometidas, de forma habitual, a devoluciones "en caliente" ilegales y a malos tratos a manos de la policía de fronteras de Macedonia.


Personal de ayuda humanitaria de la ONG Médicos sin Fronteras y otras ONG y personas voluntarias estaban haciendo lo posible para proporcionar asistencia a los miles de personas que permanecían allí en condiciones terribles e insalubres. Me conmovió profundamente la firme solidaridad de muchas personas de la comunidad local, que ha aliviado parte del sufrimiento y podría incluso haber salvado vidas. Varios residentes locales trasladaron a refugiados heridos o enfermos al hospital local. Esta solidaridad contrasta vivamente con la ausencia palmaria de apoyo oficial del Estado.


Al día siguiente (23 de agosto), las autoridades macedonias dieron marcha atrás y abrieron la frontera, permitiendo el paso a todas las personas refugiadas. La mayoría de ellas tomaron autobuses y trenes para continuar su odisea hacia la frontera entre Macedonia y Serbia y más allá.


Abandoné Idomeni con la firme creencia de que deberíamos tender la mano a estas personas cansadas de la guerra, ahora que lo necesitan. Es momento de solidaridad, no de alambradas de púas y explosiones: de eso ya han tenido bastante.